Quito se parece a su gente

Frederic Brito

Quito no se define solo por sus edificios ni por su historia, sino por la forma en que su gente los habita, los transforma y les da sentido. Entre montañas, calles, sombras, ruido y memoria, la ciudad se construye todos los días en quienes la recorren.

Hay ciudades que se entienden mirando sus edificios, Quito es distinto, a la capital hay que verlo con gente adentro.

Para entenderla de verdad, hay que esperar a que alguien abra una ventana en una casa antigua, a que una señora cruce una plaza cargando una bolsa del mercado, a que un vendedor arme su puesto antes de que la ciudad termine de despertarse. Hay que mirar al hombre que espera el bus apoyado contra una pared de piedra, al taxista empezando su jornada de trabajo, al niño que corre por una calle empinada o a quienes conversan en una esquina como si esa esquina les perteneciera desde siempre.

Frederic Brito

Entonces la arquitectura empieza a tener sentido. Porque Quito no está hecho únicamente de fachadas, cúpulas, balcones o casas patrimoniales. Está hecho de la vida que ha ocurrido dentro y alrededor de ellas.

Entre montañas, quebradas y pendientes, Quito nunca tuvo demasiado espacio para ser sencillo. Aquí las calles suben, bajan, doblan y desaparecen, las casas se acomodan como pueden al terreno y los barrios trepan las montañas hasta lugares desde donde parece imposible que pueda seguir creciendo la ciudad.

Tal vez por eso los quiteños se adaptaron a:

A caminar en subida.
A encontrar atajos.
A mirar la ciudad desde arriba.
A saber que después de una esquina puede aparecer una iglesia, una montaña, una plaza o una vista que todavía consigue sorprendernos.

Hay algo profundamente quiteño en esa manera de ocupar el territorio.

Frederic Brito

Una ciudad hecha para ser habitada

En el Centro Histórico, por ejemplo, los edificios pueden parecer inmensos y solemnes, pero la vida ocurre en detalles mucho más pequeños: en las puertas entreabiertas, en los negocios que llevan décadas funcionando en el mismo lugar, en las conversaciones desde los balcones, en el sonido de los pasos sobre las calles antiguas.

Las iglesias hablan de otra época, las plazas guardan discusiones, encuentros, protestas, procesiones, ventas y domingos en familia. Las paredes tienen capas de pintura, arreglos, grietas y años, nada está completamente intacto, porque una ciudad viva nunca lo está.

Y quizá ahí está su belleza, Quito no es una postal perfecta, es una ciudad usada, habitada, transformada una y otra vez por quienes la han hecho suya.

Su arquitectura tiene algo de resistencia, construcciones que permanecen mientras alrededor cambia la forma de vestirnos, de movernos, de trabajar e incluso de relacionarnos. Casas que alguna vez pertenecieron a una sola familia y que hoy albergan tiendas, talleres, restaurantes o pequeños negocios. Barrios que antes parecían lejanos y que ahora forman parte del movimiento cotidiano de una ciudad que no deja de expandirse.

Frederic Brito

Entre lo que permanece y lo que cambia

Pero Quito tampoco vive únicamente de su pasado, basta alejarse unas cuadras del centro para entenderlo, porque el ladrillo empieza a convivir con el hormigón y el vidrio. Las casas bajas con edificios cada vez más altos, los pequeños comercios con nuevas construcciones y en medio de todo eso aparece una ciudad que todavía está intentando decidir qué quiere conservar y qué quiere cambiar.

A veces lo hace bien, otras veces no tanto, porque querer una ciudad también significa aceptar que no todo en ella es bonito. Quito puede ser caótico, frío, ruidoso y complicado. Puede obligarnos a pasar demasiado tiempo en el tráfico y hacernos olvidar, durante la rutina, el lugar extraordinario en el que estamos.

Hasta que uno vuelve a mirar y ahí está el Pichincha. Siempre presente, porque hay pocas cosas más quiteñas que levantar la vista y encontrar una montaña recordándonos dónde estamos.

Quizá por eso aquí la relación entre arquitectura y paisaje es imposible de separar. Podemos construir edificios, avenidas y barrios enteros, pero las montañas siguen marcando los límites, las perspectivas y hasta nuestra manera de orientarnos.

En Quito uno dice arriba y abajo casi antes que norte o sur y eso también dice mucho de los quiteños, porque esta ciudad nos ha enseñado a vivir mirando hacia arriba. Hacia las montañas, hacia las torres, hacia las cúpulas, hacia las casas que aparecen varios metros por encima de nosotros.

Frederic Brito

La ciudad también se cuenta desde la calle

Pero si uno quiere entender verdaderamente Quito, después tiene que volver la mirada hacia la calle, ahí está la ciudad real. En quienes venden flores, en quienes abren una cafetería temprano, en los estudiantes que atraviesan las plazas, en quienes llevan toda una vida atendiendo el mismo negocio, en los que llegaron hace poco y en los que dicen conocer cada rincón porque han vivido aquí toda su vida.

Todos dejamos algo en la ciudad, una costumbre, un negocio, una casa, una conversación, una fotografía, una historia, siempre hay algo que dejar. Y probablemente esa sea la arquitectura más importante de Quito: la que no aparece en los planos.

La que construimos entre todos, porque las ciudades no son solamente los lugares que heredamos, también son los lugares que modificamos mientras los habitamos.

Por eso Quito se parece tanto a su gente.

Tiene historia, pero no vive únicamente de ella.

Tiene cicatrices.

Tiene contradicciones.

Y quizá por eso, incluso después de verla tantas veces, todavía hay días en los que Quito consigue detenernos.

Entonces uno entiende que la belleza de Quito nunca estuvo solamente en su arquitectura, estuvo siempre en la manera en que aprendimos a vivir dentro de ella.

Frederic Brito
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